lunes, 15 de julio de 2013

Adiós

Caía sangre por mi mano, el corte que me había infringido era profundo y poco a poco la sangre comenzaba a formar un charco rosa en la alfombra blanca del baño. Guié mi mano con la hoja metálica hasta mi otra muñeca e hice dos cortes profundos sobre mi pálida y desnuda muñeca llena de cicatrices. Llevaba meses sin infringirme ningún tipo de daño físico pero los recuerdos volvieron a mí nada más pisar la puerta de mi habitación: "Sus manos empujándome bruscamente contra mi cama, su resbaladiza y asquerosa lengua sobre la piel blanca y suave de mi cuello, sus ojos devorándome con la mirada mientras me desabrochaba salvajemente la blusa de cuadros y bajaba mis shorts negros para, finalmente, sentir un profundo y gran dolor al sentir que el hombre que me había criado desde la muerte de mi madre, sangre de mi sangre, mi padre, me arrebataba la virginidad con quince años (Él, siempre que podía,  me recordaba lo hermosa que era y el gran parecido a mi difunta madre cuando ella tenía mi edad) Cuando terminó conmigo me dejó llorando y adolorida en la habitación mientras que él se largaba antes de que mi tía, la hermana pequeña de mi madre, llegara a casa. Cuando llegó y me encontró desmayada y con un charco de sangre en las sábanas alrededor de mi cadera, llamó rápidamente a urgencias. Cuando estuve hospitalizada y mis constantes volvían a ser normales, mi tía quiso llamar a la policía pero no la dejé, no quería describir esa escena.
Los meses siguientes no pude dormir ni pude pisar mi habitación, cada vez que recordaba lo que había sucedido entre esas cuatro paredes no podía evitar inflingirme algún tipo de daño físico para de sentir el dolor y vacío interno que me causaban esos recuerdos."
Hace un tiempo, mi tía se dio cuenta de mi falta de apetito y las cicatrices sin motivo en mis muñecas, me llevó al psicólogo y poco a poco me di cuenta de que no era mi culpa que ese hombre, que se hacía llamar mi padre, me deseara; no era mi culpa tener un gran parecido a mi difunta madre. Ambas éramos castañas, de ojos marrones profundos y con  un brillo especial y una pequeña cintura que resaltaba con nuestras caderas anchas pero sin excederse junto a unas piernas largas.
Pero hoy, el día de mi decimosexto cumpleaños, todo ese pasado lleno de recuerdos que creía enterrados había vuelto, había regresado junto a él. Al salir de las clases le vi apoyado contra el capó de su coche aunque él no pudo verme a mí, Seguía igual que siempre. Los mismo ojos verdes fríos y calculadores, el mismo cabello negro aunque con algunas canas y los mismos trajes caros que le daban una impresión a todo el mundo de que era una buena y amable persona, pero de eso no tenía nada. Al verle, entré rápidamente al instituto y decidí escabullirme por la puerta trasera. Salí del instituto, corrí rápidamente a casa y me encerré en el cuarto de baño de mi habitación. Miré por todos lados y en mi campo de visión entró una pequeña cuchilla de afeitar. Me limpié las lágrimas que caían sobre mis mejillas, me levanté, cogí la cuchilla y le quité una de sus dos hojas metálicas puntiagudas. Sollocé fuertemente, no quería hacerlo pero volvía a sentir esa presión en el pecho como hace meses.
Y por esa razón me encontraba en esta situación, cortándome varias veces en cada una de mis muñecas. Poco a poco me iban faltando fuerzas para salir adelante, no quería seguir más en este mundo bello y perfecto para algunas personas, y un infierno para otros (yo). Quedaba poco para que toda la sangre que quedaba en mi cuerpo...
-¡Lucía!-exclamó la angustiada voz de mi tía al entrar en el baño y ver mi cuerpo inmóvil y pálido tirado en el suelo junto a la alfombra blanca, pero ya era demasiado tarde, estaba desangrándome. Mi tía llamó al 112 pero nada iba a hacer que mi cuerpo reviviera. Había llegado el momento en el que mi cuerpo sintiera esa paz que desde hace un año no había sentido y el momento había llegado ya.
-Tía...-comencé a decir con todas las fuerzas que me quedaban-Te quiero.
Esas fueron mis últimas palabras.

miércoles, 10 de julio de 2013

Locura por amor

Jamás creí que haría algo por amor, jamás creí que preferiría rechazar un gran puesto de trabajo para marcharme con la mujer que quería.
Hace años, e incluso meses, yo era el típico chico que salía de casa al trabajo y del trabajo a casa, a excepción de los viernes y sábados que salía con mis amigos para satisfacer mis necesidades de hombre pero de repente llegó ella y todo cambió. Cada lugar en la empresa, cada chica con la que estaba, todo...me recordaba a ella.
Natalia era una simple becaria de veintitrés años que había entrado nueva a la empresa después de terminar su carrera y yo, un chico de treinta, su jefe de departamento. Ella era la típica chica que ves y llama la atención por cualquier cosa ya sea su pelo, sus ojos, su boca o cómo viste, pero llama la atención. Tenía los ojos color caramelo, el cabello rojizo y su cuerpo...su cuerpo era como una escultura, las curvas perfectas en los lugares perfectos. Y yo, un chico de ojos color caramelo y rubio había caído rendido a sus pies con un solo chasqueo de sus dedos y aquí me encontraba yo, recogiendo mis pertenencias del que había sido mi despacho un par de años. En este despacho habían pasado muchas cosas, desde las más divertidas hasta las más impensables. Metí la última foto en la caja, la cerré, puse cinta adhesiva sobre ella y la cogí para marcharme. Suspiré y sonreí triste al ver a Natalia despidiéndose de todos sus amigos, sus compañeros, nuestros compañeros.
-Pablo, echaré de menos a mi compañero de hazañas durante siete años casi-me dijo Jesús a mi espalda. Sonreí al escucharle, ese era mi mejor amigo.
-Yo también, Jesús, las noches de los viernes no serán lo mismo sin ti-le dije abrazándole.
Esto era extraño, yo no era del tipo de personas cariñosas en público y aquí me tenéis abrazando a la persona que me había ayudado en todo y a mi ex-compañero de piso.
-¿Cómo que echarás de menos esas noches?-me preguntó Natalia con una ceja alzada.
Sonreí, echaría de menos todo esto pero por nada del mundo dejaría pasar a esta mujer.

lunes, 8 de julio de 2013

Fuerza

Lo intenté, hice todo lo que pude pero mis fuerzas fallaron en el último momento. Cuando salí del trabajo y me dijeron que Carlos se había marchado para siempre de la empresa, corrí a por un taxi y me subí a él nerviosa. Debía llegar al aeropuerto antes de que cogiera su vuelo y se fuera a Berlín sin haberle confesado mis sentimientos. Desde que llegó a la empresa hace seis meses siempre que había podido me había confesado lo que sentía por mí, pero yo nunca le creí. Me habían hecho mucho daño cuando era más joven y ese dolor provocó que desconfiara de cualquier hombre que me dijera "te quiero". Pasaron los meses y él seguía allí, frente a mi puerta insistiéndome para que ambos fuéramos exclusivos, pero yo nunca di mi brazo a torcer. Nunca lo di a torcer excepto hoy. Hoy iba a ser el día en el que le confesaría que yo también le quería, que por fin había un chico en el que confiara en sus sentimientos hacia mí, que ese chico era él y que iba a aceptar su proposición de ser pareja pero nunca me dijo que hoy se iba a Berlín a vivir. Suponía que no me lo había dicho porque a Carlos nunca le había gustado las despedidas como él me había dicho, pero no pude evitar sentir un pinchazo en mi estómago al pensar que no se había despedido de mí, de la persona que según él quería más en el mundo.
-Por favor, dese un poco de prisa, es urgente-le pedí al taxista.
El taxista me miro por el espejo delantero y asintió al ver la cara que tenía (seguramente en ella se reflejaba todo lo que sentía en este momento) El taxista aceleró y en cuestión de cinco minutos ya habíamos llegado al aeropuerto. Le dije que dejara el taxímetro funcionando y me fui corriendo a la terminal A-4, donde salía su vuelo. Llegué a uno de las terminales formada principalmente por cristaleras y vigas de hierro, bajé la rampa metálica mientras me quitaba los tacones y corrí sintiendo el suelo frío en mis pies por cada paso que daba.
-Por favor, ¿dónde se encuentra la sala de espera para el vuelo a Berlín?-pregunté atropelladamente cuando llegue al punto de información. 
La chica me miró extrañada y buscó en su ordenador la que sería mi respuesta.
-Es la sala de espera que se encuentra al lado de la tienda de regalos. Siga este pasillo todo recto hasta el final-me indicó.
-Gracias-dije rápidamente y corrí.
Mientras corría por la terminal hubo momentos en los que me caía, otros en los que me chocaba con las personas y otras en las que tiraba su equipaje. Llegué a la sala de espera, chillé su nombre varias veces antes de que se cerrara la puerta de embarque pero ya era demasiado tarde, el avión estaba comenzando a sobrevolar la terminal. Me derrumbé apoyándome en la puerta de embarque, enterré la cara en mis rodillas y lloré. No me importaba que se me corriera el maquillaje, lo único en lo que podía pensar era en que había perdido al hombre del que estaba enamorada por culpa de mis inseguridades. Alguien se hincó a mi lado, me obligó a apartar las manos de alrededor de mis rodillas y me tiró hacia él, me rodeó con sus brazos y pude sentir su fragancia entrando por mis fosas nasales. Le miré para asegurarme de que era él y no un desconocido que había sentido pena por mí y me estaba consolando. Era él, era Carlos. Le rodeé el cuello con mis brazos y su cintura con mis piernas, le acerqué a mí y le besé. Jamás había pensado que podía sentir algo por una persona con la que no tenía una relación exclusiva.
-Ven conmigo. Acompáñame a Berlín y empecemos una nueva vida-me soltó mirándome a los ojos. 
Le miré fijamente y supe que tanto él como yo estábamos enamorados el uno de la otra.
-Sí-le contesté sonriendo.
Carlos sonrió y me acercó a él para besarme.
-Te quiero-me susurró encima de mis labios.
Sonreí enamorada, yo también le quería.
-Te quiero, Carlos-le dije mirándole fijamente a sus ojos verde-agua. 

domingo, 7 de julio de 2013

Irremediable

Quise evitarlo pero no pude, su muerte fue algo irremediable.
Entré en el almacén dónde Jack me dijo que tenía que recoger la mercancía y me encontré con una agente de policía registrándola. Me escondí tras unas cajas y esperé a que se marchara pero eso no ocurrió. Decidí marcharme, no quería utilizar la pistola además de que evitaría que abrieran una investigación en el lugar por encontrar el cadáver de una agente, pero en ese mismo instante la agente se giró y me vio.
-¡Detente, te habla la policía!-me gritó sacando la pistola de su estuche.
Me giré e hice exactamente lo mismo que ella. Ambas quedamos cara a cara pero ninguna de las dos nos las podíamos ver porque llevábamos puesto un pasamontañas para que, en casa de que ocurriera esto, no nos reconocieran y pudieran localizar nuestro paradero.
-Suelta el arma y estate quieta-me ordenó la agente.
-¿Y si no lo hago?-la reté.
La agente alzó su rostro y antes de que pudiera dispararme lo hice yo, el disparo le dio entremedias de las cejas. Era joven, pero era la mejor en mi oficio. Me acerqué a ella y descubrí su cara, había matado a mi hermana.

jueves, 4 de julio de 2013

Infidelidad

Mis piernas no podían dejar de correr, sentía como corría la adrenalina por ellas y como las alimentaba para que no pararan al igual que las lágrimas caían por mi rostro. Notaba que algo malo iba a pasar después del instituto y ese algo había pasado. Salí de clases y mi mejor amiga me llevó a la universidad de mi novio. Me adentré al gimnasio, me senté en una grada dónde el entrenador no me viera y observé cómo Javier entrenaba de defensa. Él no sabía que estaba aquí, quería que fuera una sorpresa por nuestro primer aniversario. Él aún no me había felicitado, no me había enviado un mensaje ni me había llamado pero pensé que había sido por todo el estrés del primer año de universidad y por los entrenamientos. Después de una hora y media, todos los jugadores se dirigieron a los vestuarios para ducharse y yo bajé de la grada y le esperé fuera para que me viera entonces lo vi. Vi cómo la persona que supuestamente era mi novio se besaba hambrientamente con una de las animadoras rubias de bote del equipo. Tenía que reconocer que la chica era guapa, era rubia con ojos marrones y más curvas de las que yo podía presumir pero ni él ni ella tenían ningún derecho a hacerme esto, sobre todo él. Me aparté de la pared desde donde lo estaba viendo todo y me acerqué al coche de Javier. Cuando ambos se saciaron de devorarse, Javier se acercó a su coche con una sonrisa en su rostro hasta que me vio.
-Clara, ¿desde cuándo estás aquí?-me preguntó con una ceja fruncida. El muy capullo no era capaz de admitir directamente lo que había hecho, sino que fingía como si nada hubiera pasado.
-Desde que comenzaste el entrenamiento, Javier-le contesté. Nunca le llamaba Javier acaso de que le echara de menos o estuviera enfadada con él.
Javier tragó saliva fuertemente. Por fin se estaba dando cuenta de que podría haberle visto.
-¿Y qué te ha parecido?, ¿juego bien?-me preguntó. Él no iba a decirme nada. Maldito mentiroso.
-Javier deja de hacerme preguntas y dímelo. Atrévete a decirme lo que acabas de hacer o lo que me figuro que llevas haciendo desde verano o antes-le dije. No tenía muchos atributos en los que se refería a mi belleza pero nada ni nadie conseguía agrandarse sobre mí y menos mentirme si yo misma descubría la mentira.
-¿Lo has visto?-preguntó con un suspiro. Estaba poniéndome nerviosa con todas sus preguntas.
-Dilo-le obligué.
-Llevo poniéndote los cuernos desde el viaje a Ibiza-me contestó por fin. Desde ese viaje hacía cuatro meses.
El dolor comenzó a manar interior al igual que la rabia, pero ésta era mucho mayor que el dolor que sentía. Ya lloraría más tarde en mi casa o en un lugar escondido pero primero le dejaría las cosas claras a Javier sin montar un escándalo, no le iba a dar el gusto.
-¿Por qué no me lo has dicho?-le pregunté.
-Porque te quiero-me contestó mirándome sincero. Esa sinceridad no iba a causar nada en mí o no lo iba a permitir.
-¿Tengo que creerte?
-Por favor, Clara, escúchame. Sé que me he equivocado, que no debería haberlo hecho pero te echaba de menos y caí en manos de la primera chica que me daba cariño cuando tenía unas copas de más-me dijo Javier sonando arrepentido en su pequeño discurso pero ese discurso había tenido un fallo, un gran fallo.
-La bebida hace que hagamos cosas que no queremos como pelearnos con alguien o llegarnos a emborrachar completamente pero la conciencia sigue ahí y si de verdad me quisieras como siempre me has dicho te hubieras detenido-le repliqué.
Javier me miró. Esos ojos color chocolate atravesaron una de mis barreras pero no iba a atravesar más, no cuando vi cómo la chica rubia de antes venía hacia nosotros sonriendo.
-Cariño, ¿nos vamos?-le preguntó cogiéndole de la mano.
Javier había estado saliendo con las dos a la vez, ¿cómo no me había dado cuenta antes?
-Clara...-me llamó Javier sin hacerla caso. Me giré y le dije antes de que cayera a sus pies:
-Javier, lo nuestro ha terminado-y salí corriendo. No sé cómo habría reaccionado la chica al enterarse de había estado jugando con las dos. A lo mejor ella lo sabía y lo aceptaba, a lo mejor solo le daba el placer que yo no le quería dar o a lo mejor la chica había sido una víctima del engaño de Javier como yo.