Caía sangre por mi mano, el corte que me había infringido era profundo y poco a poco la sangre comenzaba a formar un charco rosa en la alfombra blanca del baño. Guié mi mano con la hoja metálica hasta mi otra muñeca e hice dos cortes profundos sobre mi pálida y desnuda muñeca llena de cicatrices. Llevaba meses sin infringirme ningún tipo de daño físico pero los recuerdos volvieron a mí nada más pisar la puerta de mi habitación: "Sus manos empujándome bruscamente contra mi cama, su resbaladiza y asquerosa lengua sobre la piel blanca y suave de mi cuello, sus ojos devorándome con la mirada mientras me desabrochaba salvajemente la blusa de cuadros y bajaba mis shorts negros para, finalmente, sentir un profundo y gran dolor al sentir que el hombre que me había criado desde la muerte de mi madre, sangre de mi sangre, mi padre, me arrebataba la virginidad con quince años (Él, siempre que podía, me recordaba lo hermosa que era y el gran parecido a mi difunta madre cuando ella tenía mi edad) Cuando terminó conmigo me dejó llorando y adolorida en la habitación mientras que él se largaba antes de que mi tía, la hermana pequeña de mi madre, llegara a casa. Cuando llegó y me encontró desmayada y con un charco de sangre en las sábanas alrededor de mi cadera, llamó rápidamente a urgencias. Cuando estuve hospitalizada y mis constantes volvían a ser normales, mi tía quiso llamar a la policía pero no la dejé, no quería describir esa escena.
Los meses siguientes no pude dormir ni pude pisar mi habitación, cada vez que recordaba lo que había sucedido entre esas cuatro paredes no podía evitar inflingirme algún tipo de daño físico para de sentir el dolor y vacío interno que me causaban esos recuerdos."
Hace un tiempo, mi tía se dio cuenta de mi falta de apetito y las cicatrices sin motivo en mis muñecas, me llevó al psicólogo y poco a poco me di cuenta de que no era mi culpa que ese hombre, que se hacía llamar mi padre, me deseara; no era mi culpa tener un gran parecido a mi difunta madre. Ambas éramos castañas, de ojos marrones profundos y con un brillo especial y una pequeña cintura que resaltaba con nuestras caderas anchas pero sin excederse junto a unas piernas largas.
Pero hoy, el día de mi decimosexto cumpleaños, todo ese pasado lleno de recuerdos que creía enterrados había vuelto, había regresado junto a él. Al salir de las clases le vi apoyado contra el capó de su coche aunque él no pudo verme a mí, Seguía igual que siempre. Los mismo ojos verdes fríos y calculadores, el mismo cabello negro aunque con algunas canas y los mismos trajes caros que le daban una impresión a todo el mundo de que era una buena y amable persona, pero de eso no tenía nada. Al verle, entré rápidamente al instituto y decidí escabullirme por la puerta trasera. Salí del instituto, corrí rápidamente a casa y me encerré en el cuarto de baño de mi habitación. Miré por todos lados y en mi campo de visión entró una pequeña cuchilla de afeitar. Me limpié las lágrimas que caían sobre mis mejillas, me levanté, cogí la cuchilla y le quité una de sus dos hojas metálicas puntiagudas. Sollocé fuertemente, no quería hacerlo pero volvía a sentir esa presión en el pecho como hace meses.
Y por esa razón me encontraba en esta situación, cortándome varias veces en cada una de mis muñecas. Poco a poco me iban faltando fuerzas para salir adelante, no quería seguir más en este mundo bello y perfecto para algunas personas, y un infierno para otros (yo). Quedaba poco para que toda la sangre que quedaba en mi cuerpo...
-¡Lucía!-exclamó la angustiada voz de mi tía al entrar en el baño y ver mi cuerpo inmóvil y pálido tirado en el suelo junto a la alfombra blanca, pero ya era demasiado tarde, estaba desangrándome. Mi tía llamó al 112 pero nada iba a hacer que mi cuerpo reviviera. Había llegado el momento en el que mi cuerpo sintiera esa paz que desde hace un año no había sentido y el momento había llegado ya.
-Tía...-comencé a decir con todas las fuerzas que me quedaban-Te quiero.
Esas fueron mis últimas palabras.
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