lunes, 8 de julio de 2013

Fuerza

Lo intenté, hice todo lo que pude pero mis fuerzas fallaron en el último momento. Cuando salí del trabajo y me dijeron que Carlos se había marchado para siempre de la empresa, corrí a por un taxi y me subí a él nerviosa. Debía llegar al aeropuerto antes de que cogiera su vuelo y se fuera a Berlín sin haberle confesado mis sentimientos. Desde que llegó a la empresa hace seis meses siempre que había podido me había confesado lo que sentía por mí, pero yo nunca le creí. Me habían hecho mucho daño cuando era más joven y ese dolor provocó que desconfiara de cualquier hombre que me dijera "te quiero". Pasaron los meses y él seguía allí, frente a mi puerta insistiéndome para que ambos fuéramos exclusivos, pero yo nunca di mi brazo a torcer. Nunca lo di a torcer excepto hoy. Hoy iba a ser el día en el que le confesaría que yo también le quería, que por fin había un chico en el que confiara en sus sentimientos hacia mí, que ese chico era él y que iba a aceptar su proposición de ser pareja pero nunca me dijo que hoy se iba a Berlín a vivir. Suponía que no me lo había dicho porque a Carlos nunca le había gustado las despedidas como él me había dicho, pero no pude evitar sentir un pinchazo en mi estómago al pensar que no se había despedido de mí, de la persona que según él quería más en el mundo.
-Por favor, dese un poco de prisa, es urgente-le pedí al taxista.
El taxista me miro por el espejo delantero y asintió al ver la cara que tenía (seguramente en ella se reflejaba todo lo que sentía en este momento) El taxista aceleró y en cuestión de cinco minutos ya habíamos llegado al aeropuerto. Le dije que dejara el taxímetro funcionando y me fui corriendo a la terminal A-4, donde salía su vuelo. Llegué a uno de las terminales formada principalmente por cristaleras y vigas de hierro, bajé la rampa metálica mientras me quitaba los tacones y corrí sintiendo el suelo frío en mis pies por cada paso que daba.
-Por favor, ¿dónde se encuentra la sala de espera para el vuelo a Berlín?-pregunté atropelladamente cuando llegue al punto de información. 
La chica me miró extrañada y buscó en su ordenador la que sería mi respuesta.
-Es la sala de espera que se encuentra al lado de la tienda de regalos. Siga este pasillo todo recto hasta el final-me indicó.
-Gracias-dije rápidamente y corrí.
Mientras corría por la terminal hubo momentos en los que me caía, otros en los que me chocaba con las personas y otras en las que tiraba su equipaje. Llegué a la sala de espera, chillé su nombre varias veces antes de que se cerrara la puerta de embarque pero ya era demasiado tarde, el avión estaba comenzando a sobrevolar la terminal. Me derrumbé apoyándome en la puerta de embarque, enterré la cara en mis rodillas y lloré. No me importaba que se me corriera el maquillaje, lo único en lo que podía pensar era en que había perdido al hombre del que estaba enamorada por culpa de mis inseguridades. Alguien se hincó a mi lado, me obligó a apartar las manos de alrededor de mis rodillas y me tiró hacia él, me rodeó con sus brazos y pude sentir su fragancia entrando por mis fosas nasales. Le miré para asegurarme de que era él y no un desconocido que había sentido pena por mí y me estaba consolando. Era él, era Carlos. Le rodeé el cuello con mis brazos y su cintura con mis piernas, le acerqué a mí y le besé. Jamás había pensado que podía sentir algo por una persona con la que no tenía una relación exclusiva.
-Ven conmigo. Acompáñame a Berlín y empecemos una nueva vida-me soltó mirándome a los ojos. 
Le miré fijamente y supe que tanto él como yo estábamos enamorados el uno de la otra.
-Sí-le contesté sonriendo.
Carlos sonrió y me acercó a él para besarme.
-Te quiero-me susurró encima de mis labios.
Sonreí enamorada, yo también le quería.
-Te quiero, Carlos-le dije mirándole fijamente a sus ojos verde-agua. 

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